El hombre mediocre
El hombre mediocre Confiezo que esta carta me produjo la más honda perplejidad. ¡Su autor me parecÃa tan distinto, tan contradictorio con el Pepe Ingenieros que habÃa frecuentado tanto sin descubrirle jamás una manifestación de ternura, pues no pasaba de la jovialidad risueña y juguetona, o del elogio entusiasta sà pero cerebral, a Rubén, a Lugones, a muy pocos más!… Creà en una broma. He pasado siempre por más sentimental de lo que soy. Ingenieros me habÃa acostumbrado a verle siempre pronto a la burla donosa o cáustica, y supuse un momento que me habÃa tomado por blanco de una chacota espiritual. ¿No fue él quien organizó una especie de pública coronación de cierto joven y cándido poeta, que todavÃa sigue creyendo en la seriedad de esa apoteosis inmerecida, —entonces por lo menos?… Monteavaro estaba ya de vuelta en Buenos Aires, y le hablé de la carta, exponiéndole mis dudas.
—Es sincera —me dijo—. Pepe está pasando por un perÃodo de sensibilidad extraordinario. Desde que nos embarcamos se me ha mostrado otro hombre…