El hombre mediocre
El hombre mediocre Hoy me parece evidente que no se mostraba «otro», sino, por fin, él mismo. Él, como debía de ser con la madre, cuya presencia añora en París, con más intensidad que la nuestra, que la de sus «cariños de ayer». Y esa evidencia resalta de sus mismas palabras, reveladoras de la «actitud» adoptada en la vida corriente y mantenida a todo trance: «la hora de las ternuras ignoradas» naturalmente por los mismos que estábamos en continuo e íntimo contacto con él: «de los romanticismos solitarios que no avergüenzan», lo que trasunta el pudor con que disimulaba, hasta hallarse solo, avergonzado de lo mejor que tenía… Llora, quizá como compensación por haber reído mucho; pero vuelto a su centro seguirá riendo mucho, sin duda para llorar a solas alguna vez… Debe de haber sufrido intensamente, por la incomprensión ajena de su verdadero carácter; pero él, nadie más que él tuvo la culpa de esa incomprensión, y si en realidad su espíritu era «eco para los que le daban su cariño», pocos, bien pocos, fuera de su hogar, podían ver ésto tan claro como veían que era «sombra para los que le tejían la telaraña de su envidia», y también para muchos otros que no eran santos de su devoción, justa o injustamente.