El hombre mediocre

El hombre mediocre

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La resignada pasividad explica ciertas culminaciones: el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en contra de otros.

Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de andar a la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad que rehúye escaramuzas con enemigos que les han humillado hasta sangrar. No puede haber virtud sin gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por tantos años ofrecida a su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos; ni se parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos vagamundean con el «don de espera del batracio oportunista», de que habla Ramos Mejía. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una herida, temiendo acaso que su desdén exceda a la ofensa; pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir, más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance finca en la elasticidad del arco: la tensión moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla.

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