El hombre mediocre

El hombre mediocre

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Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el remordimiento repetirá en sus oídos las clásicas palabras de Propercio:

«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten su esclavitud; pero deben morir en ella, custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad.

Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan enumerados en las cronologías; desaparecen de la historia. Sus descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra y vivir de ella.

Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los amortaje; sobra una sola palabra —si es virtuosa, estoica, incorruptible, decidida a sacrificarse sin mirar atrás con tal de ser leal a su dignidad—, sobra una sola palabra para borrar las adulaciones de los palaciegos, en vano acendrados en la hora fúnebre. Algunos hartos comensales, no pudiendo referirse a lo que fueron, atrévense a elogiar lo que pudieron ser…; creen que muere una esperanza como si ésta fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y los almibaramientos de la vejez.


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