El hombre mediocre
El hombre mediocre — POR ROBERTO J. PAYRÓ —
Mientras fijo estos recuerdos lejanos sobre José Ingenieros, no me hace sufrir la idea de su desaparición, sencillamente porque le veo vivir y actuar en plena lozanÃa. Y por eso trato de escribirlos con la impasibilidad exterior que él amaba, aunque sea tan doloroso para los mayores, grabar el epitafio prematuro de los que vinieron después.
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Nada más difÃcil de plantar con exactitud que la figura moral y psicológica de un hombre cualquiera, hasta del que no presenta visiblemente complicación alguna. Todo retrato de este orden pertenece a la imaginación y la fantasÃa: nadie está ni puede estar dentro del espÃritu ajeno para saber qué lo inspira y a qué obedece. Hasta la introspección suele conducir casi siempre respecto de uno mismo, a observaciones y sobre todo a conclusiones falsas, sean éstas favorables o adversas. Por eso la historia es una novela cuyos episodios y cuyos personajes varÃan según quien los escribe, siempre que no se copien los unos a los otros.
Y cuando se está frente a una individualidad tan compleja como la de José Ingenieros, serÃa presuntuoso jactarse de reflejarla con exactitud y veracidad. Es posible afirmar: «yo le vi asû, pero no: «era asû.
