El hombre mediocre
El hombre mediocre En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad erigida en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Llegaron los cirenaicos a despreciar la vida misma; sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fue lealmente erigida en sistema después de entonces. El placer —como simple sensualidad cuantitativa— es absurdo e imprevisor; no puede sustentar una moral. SerÃa erigir a los sentidos en jueces. Deben ser otros. ¿EstarÃa la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un egoÃsmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazarÃa a los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendrÃase el deleite refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes e infinitamente más, pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros con sabias alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaÃsmo. Aristipo refugiaba la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro la encumbra a la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados sin freno; para éste, deben ser elegidos y dignificados por un sello de armonÃa. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su creador vivió una vida honorable y pura. Su ley fue buscar la dicha y huir del dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo a favor de la primera. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite cultivarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.