El hombre mediocre
El hombre mediocre Era pequeño y menudo, gesticulador, movedizo. Su voz atiplada, bastante agria, desapacible, acentuaba los sarcasmos y las ironÃas que eran su modo predilecto de expresión. SolÃa hablar como por explosiones sucesivas, con bruscos saltos de tono, pero siempre con abundancia, facilidad y cierta elocuencia pintoresca. Algunas de sus notas de viaje, de sus criticas, etc., son reflejo bastante fiel de su palabra hablada, aunque no alcancen la eficacia de ésta. Cuando hablaba en público —me refiero a aquella época—, era vehemente, afirmativo, claro, sin adornos retóricos, pero con incisiva elocuencia. En la cátedra debÃa de ilustrar y convencer a sus alumnos, pues en la conversación exponÃa siempre con la abundancia precisa y lÃmpida que desde muy temprano le permitió la vastedad de sus conocimientos y la agudeza de su inteligencia. Sin embargo, más parecÃa un exaltado, poco apto para la frÃa investigación cientÃfica, y más bien demoledor que constructor. Algunos, poco aptos para discriminar el fondo de la forma, llegaban a considerarle como un botarate, y tomaban su positivo saber por gárrula charlatanerÃa. Las apariencias engañan, y se dirÃa que Ingenieros se esforzaba por multiplicar y complicar esas apariencias engañosas. ¿Por qué? ¿Para qué? Misterio. SerÃa el caso de un curiosÃsimo estudio psicológico que difÃcilmente se hará, por falta de suficiente documentación, porque los documentos más fehacientes no fueron escritos y verba volant… Pero entre las causas que le impulsaban a esas actitudes, fuera de su carácter siempre juvenil y algo «fumista», no dejará de figurar, sin duda, su ascendencia italiana meridional, por un lado, y su evidente deseo de confundirse, de alearse Ãntimamente con nosotros —acabó por quitarse la g de Ingegnieros— y de ser tan porteño como el que más, adoptando y exagerando algunas de nuestras modalidades, y entre ellas la ligereza y el escepticismo espiritual y epigramático. AsÃ, afectaba, también, una especie de descreimiento que no iba más allá de las cosas exteriores de la vida, y que se detenÃa en el umbral de lo Ãntimo, de lo profundo, dividiendo en dos la individualidad. Era sin duda una actitud, y, si no interpreto mal, asà me lo ha revelado él mismo —como se verá después—, en un momento de sensibilidad enternecida. En esta actitud no se perdonaba, a veces, a sà mismo, haciéndose blanco de sus propias bromas, como para desarmas las ajenas, y llamándose, por ejemplo, «arbiter elegantiarum» émulo de Pesche. HabrÃa en el fondo de esto alguna presunción, diestramente disfrazada, porque se esforzaba, no con mucho éxito, por vestir de una manera original y elegante, y porque, en suma, su modo de pensar del nuevo Zarathustra. Esto último permitió a muchos enrostrarle aparentes contradicciones de conducta y de ideas, que en realidad no han sido sino lógicos desarrollos evolutivos, vaya por acaso, que un discÃpulo de Nietzsche se sometiera indefinidamente a la disciplina partidista del socialismo, ni a la violencia amorfa de la anarquÃa, pero si lo era que encontrase en el bolcheviquismo dirigido por entes superiores, heterodoxos del dogma de la «igualdad», un nuevo paso hacia el «devenir» con que soñaba.
