El hombre mediocre
El hombre mediocre Y pocos días después, con motivo de una nota publicada en La Nación, me escribía:
«Carísimo Payró: Mil gracias por el benévolo recuerdo de mi libro, que acabo de leer en tu diario. En vista del buen éxito continuaré simulando. Tuyo siempre, Ingenieros».
Esto que a primera vista parece una simple ocurrencia tiene, sin embargo, un fondo positivo, pues según declaración propia, si no simulaba, por lo menos disimulaba, y lo que es peor en exclusivo detrimento suyo, restándose admiraciones y quizás afectos. Para decir sin ambages todo mi pensamiento, creo que «se pasaba de listo». Basta con recordar que era un destructor que construía, como lo prueba su obra personal, tan importante por sí sola, y la Biblioteca de La Cultura Argentina, que tantos esfuerzos y sacrificios le costó para bien de los demás. Pero prefería mostrarse bajo el otro aspecto, por lo menos exteriormente, afectando impasibilidad egoísta, despreocupación escéptica y un sino es cínica, y hasta —en ocasiones— una voluntaria abstención ante el posible descubrimiento de alguna verdad que no cuadraba a sus miras. Así, por ejemplo, hablando con un sabio amigo nuestro de ciertas discutidas teóricas de Ameghino, invitado a estudiarlas a fondo y sobre las piezas, para lo cual tenía preparación suficiente, Ingenieros contestó: