El hombre mediocre
El hombre mediocre Tal resulta en la magnÃfica silueta de Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó a admirar Rubén DarÃo. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofÃa, en polÃtica o en literatura, se llama un ecléctico, un justo medio? De ninguna manera, contesta. El que es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo caracterÃstico, absolutamente inequÃvoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre.
Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverenciará a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa definición descriptiva —análoga a las que repitiera Barbey D’Aurevilly—, posee muy sugestiva elocuencia, aunque parte de premisas estéticas para llegar a conclusiones morales.