Viaje alucinante
Viaje alucinante —Es eso o nada. El cuerpo de Benes nos destruirá si no salimos ya.
Comienza la maniobra. El Proteus se adentra en los capilares del cerebro, maniobrando entre fibras nerviosas como un intruso en un laberinto viviente. Las luces parpadean. El casco tiembla. A cada segundo, el espacio parece reducirse.
—Cinco minutos —dice Michaels.
La tensión se transforma en desesperación. Cuando entran en el nervio óptico, todo cambia: el entorno se vuelve gelatinoso, viscoso, con luces y pulsos que parecen responder a sus movimientos. Están en un terreno sagrado. Un error aquà y dejarán ciego a Benes. O peor.
Pero no hay tiempo para cuidado. El Proteus acelera. Owens pilota como si su vida dependiera de cada maniobra, porque asà es. Grant se aferra a las paredes. Cora monitorea la presión. Duval calla, por primera vez.
Un último obstáculo: una red de colágeno bloquea la salida hacia el ojo.
—Hay que abandonar la nave —dice Grant.
—¿Qué estás diciendo?
—El Proteus no saldrá. Pero nosotros sÃ. Si dejamos el casco, seremos lo bastante pequeños para atravesar el conducto lagrimal.
Silencio.
—No hay otra salida —concluye.