MarÃa
MarÃa —Cuéntennos —añadió LucÃa.
Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:
—El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio este balazo.
Mostró el foramen que en la frente tenÃa la cabeza. Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas habÃa recompensa de sobra para una acción que la mereciera.
José siguió refiriendo con pormenores la historia de la expedición, mientras hacÃa remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida de los otros tres.
Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio.
Las mujeres habÃan vuelto a sus faenas, y yo dormitaba sobre uno de los poyos de la salita en que Tránsito y LucÃa me habÃan improvisado un colchón de ruanas. ServÃame de arrullo el rumor del rÃo, los graznidos de los gansos, el balido del rebaño que pacÃa en las colinas cercanas y los cantos de las muchachas que lavaban ropa en el arroyo. La naturaleza es la más amorosa de las madres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma; y si la felicidad nos acaricia, ella nos sonrÃe.