María

María

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Mi padre acababa de sentarse con más facilidad de la que hasta entonces había tenido. Permaneció unos momentos silencioso y como espiando los ángulos oscuros del aposento. Las muchachas lo miraban aterradas.

—¡Voy allá! —prorrumpió él al fin—; ¡voy en este instante!

Buscó algo sobre la cama, y dirigiéndose de nuevo a quien creía lo esperaba, añadió:

—Perdone usted que lo haga esperar un instante.

Y dirigiéndose a mí:

—¡Mi ropa!… ¿Qué es esto? ¡La ropa!

María y Emma permanecían inmóviles.

—Es que no está aquí —le respondí— han ido a traerla.

—¿Para qué se la han llevado?

—La habrán ido a cambiar por otra.

—Pero ¿qué demora es ésta? —dijo enjugándose el sudor de la frente—. ¿Los caballos están listos? —continuó.

—Sí, señor.

—Vaya y diga a Efraín que lo espero para que montemos antes de que se haga tarde. ¡Muévase, hombre! Juan Angel, el café. ¡No, no… esto es intolerable!

Y se acercaba al borde de la cama para saltar al suelo. María aproximóse a él diciéndole:

—No, papá, no haga eso.

—¿Que no qué? —le respondió con aspereza.


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