Mi nombre es Emilia del Valle
Mi nombre es Emilia del Valle Los años avanzan. La niña sensible da paso a una adolescente inquieta, inteligente, voraz. Lee sin descanso, escribe en cuadernos escondidos, se convierte en la sombra luminosa de su padrastro. El la deja volar, la alienta a escribir novelas de aventuras, de forajidos, de justicia brutal. Emilia se atreve: a los diecisiete años publica sus primeras historias bajo un seudónimo masculino.
—¿Y si me descubren? —pregunta. —Que lo hagan —responde don Pancho—. No hay crimen en decir la verdad con otro nombre.
El éxito modesto de sus relatos no basta. Emilia empieza a sentir que hay algo más allá de las paredes de La Misión. Necesita salir. Ver. Contar. Don Pancho la anima, pero con una condición: que tenga una profesión. Que no dependa jamás de un hombre, ni siquiera de él.
Molly no está de acuerdo. Su idea de una mujer virtuosa es clara: familia, silencio, modestia. Emilia la desafÃa sin rebelarse, como quien nace con un destino que no se puede aplazar. Sabe que tiene que escribir, que sus palabras pueden cambiar cosas. No lo hace por ambición, sino por necesidad vital.