Harry Potter y la cámara secreta
Harry Potter y la cámara secreta Esa misma noche, Hagrid fue llevado a Azkaban por órdenes del Ministerio de Magia, mientras la amenaza de la Cámara continuaba creciendo. Antes de partir, Hagrid, con una mirada furtiva, dejó caer una última pista: —Si alguien quiere respuestas, que siga a las arañas.
Arañas. La sola mención heló a Ron hasta los huesos, pero Harry sabía que no tenían otra opción. La búsqueda de respuestas los llevaría al corazón del Bosque Prohibido, donde la oscuridad se movía con vida propia y los secretos dormían al acecho.
El Bosque Prohibido se alzaba como una fortaleza de sombras vivientes, cada rama crujiente y cada brisa gélida prometían peligro. Harry y Ron, guiados por un rastro de arañas, avanzaban con una mezcla de determinación y temor. La noche era implacable, y el eco de sus pasos parecía multiplicarse en el silencio sepulcral.
—¿Por qué no podían ser mariposas? —murmuró Ron, con la varita temblando en su mano.
El camino los llevó a un claro oculto, donde una criatura gigantesca emergió entre la penumbra. Era Aragog, una acromántula inmensa con ojos vidriosos que centelleaban como pequeñas lunas. Harry sintió un escalofrío recorrer su espalda cuando habló.