Harry Potter y la cámara secreta
Harry Potter y la cámara secreta Las semanas transcurrieron entre clases, desafÃos mágicos y la constante presencia de Lockhart, más interesado en promocionarse que en enseñar. Pero una noche, mientras Harry regresaba de una detención, algo rompió la monotonÃa.
Un susurro frÃo y distante recorrió los pasillos. —Déjenme salir... déjenme matar...
Harry se detuvo en seco, su corazón latiendo desbocado. —¿Ron? ¿Eres tú? —preguntó, girando en la penumbra.
La voz parecÃa venir de todas partes y ninguna, deslizándose como un espectro invisible. Siguió el sonido hasta encontrarse con una escena escalofriante: la gata de Filch, Argus, petrificada y colgada de un candelabro.
—¡La Cámara de los Secretos ha sido abierta! —proclamaba un mensaje escrito con letras rojas, goteando sobre la piedra.
El eco de pasos apresurados anunció la llegada de Filch, seguido de un tumulto de estudiantes. El conserje, fuera de sÃ, señaló a Harry con un dedo tembloroso. —¡Esto es obra tuya!
Las acusaciones cayeron sobre Harry como una tormenta, mientras el miedo y la incertidumbre comenzaban a propagarse entre los estudiantes. Algo oscuro habÃa despertado, y las palabras de Dobby ya no parecÃan una advertencia lejana, sino una realidad inminente.