El Alumno
El Alumno —Mi querido amigo, ¡a usted también! No quiero hacerle sombra. —Pemberton nada podÃa replicar a aquello: era una afirmación que reflejaba fielmente la realidad. Si bien las carencias de su propio guardarropa constituÃan un capÃtulo aparte, no le gustaba que su alumno aparentase ser demasiado pobre. Pasado el tiempo, solÃa decir:
—Bueno, si somos pobres, ¿por qué, después de todo, no deberÃamos parecerlo?
Y se consolaba pensando que habÃa algo un tanto adulto y caballeroso en la sencilla indumentaria de Morgan, diferente del aspecto desordenado propio de los pilluelos que estropean sus cosas jugando.
Pemberton advertÃa con toda claridad el proceso gradual por el cual la señora Moreen se iba absteniendo hábilmente de renovar el vestuario de su hijo, en la medida en que sus relaciones sociales iban quedando limitadas a los confines del trato que mantenÃa con su tutor. Ella no hacÃa nada que los demás no pudieran ver: descuidaba a su hijo porque pasaba desapercibido y después, cuando él puso de manifiesto esta inteligente polÃtica, desaconsejó en casa que el niño apareciera en público. La postura de la señora Moreen era bastante lógica: aquellos miembros de su familia que se dejaban ver debÃan de ser vistosos.