El Alumno

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Durante aquella época y en algunas otras, Pemberton fue muy consciente de que él y su pupilo podían llamar la atención: deambulando lánguidamente por el Jardin des Plantes como si no tuvieran dónde ir; sentados, los días de invierno, en las galerías del Louvre, tan sarcásticamente espléndidas para los vagabundos, como si quisieran aprovecharse de su confortable calefacción. Bromeaban sobre ello algunas veces: era el tipo de chistes que iba con el temperamento del niño. Se imaginaban como parte de la vasta y precaria grey que vivía al día en aquella enorme ciudad y fingían sentirse orgullosos de la posición que ocupaban. Eso les enseñaba mucho sobre la vida y les hacía tomar conciencia de la existencia de una especie de hermandad democrática. Si bien Pemberton no podía sentirse solidario con la pobreza de su pequeño compañero (pues a fin de cuentas los afectuosos padres de Morgan no permitirían que su hijo lo pasara realmente mal), el niño sí podía experimentar aquel sentimiento, lo cual venía a ser casi lo mismo. A veces se preguntaba qué pensaría la gente de ellos, y se imaginaba que los miraban con recelo, como si fuera un caso sospechoso de secuestro.





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