El Alumno
El Alumno Pemberton estaba firmemente decidido a abandonar la casa la semana siguiente. Eso le daría margen para recibir respuesta a la carta que había enviado a Inglaterra. Si no lo hizo, es decir, si se quedó otro año y después se ausentó sólo por espacio de tres meses, no fue sólo porque antes de recibir respuesta a su carta (que resultó poco satisfactoria), el señor Moreen le entregó generosamente, de nuevo con todas las precauciones propias de un hombre de mundo, trescientos francos de oro. Pemberton se exasperó al comprobar que la señora Moreen estaba en lo cierto, que le resultaba muy difícil dejar al niño. Esto se hizo más patente por la sencilla razón de que, la noche que hizo el llamamiento desesperado a sus patronos, fue consciente por primera vez de la posición en que se encontraba. ¿No era acaso una prueba más del éxito con que sus patronos practicaban sus artes el hecho de que hubieran logrado evitar durante tanto tiempo el destello iluminador? La luz se hizo sobre nuestro amigo con una intensidad tal que un espectador seguramente la habría juzgado excesivamente cómica, cuando ya había regresado a su pequeña y modesta estancia, que daba a un patio cerrado y tenía enfrente una pared sucia y desnuda que recogía con agudo estruendo el reflejo de las iluminadas ventanas traseras. Simplemente se había puesto en manos de una banda de aventureros. Aquella idea, esa palabra por sí sola, le hacía sentir una especie de horror romántico, a él, cuya vida siempre había discurrido por unas coordenadas tan estables. Más adelante la idea asumió un aspecto más interesante, casi tranquilizador: aquello encerraba una moraleja y a Pemberton le gustaban las moralejas. Los Moreen eran aventureros no sólo porque no pagaran sus deudas o porque vivieran a costa de la sociedad, sino porque su visión de la vida, turbia, confusa e instintiva, como esa de los animales inteligentes y ciegos a los colores, era especulativa, voraz y miserable. ¡Oh! Eran «respetables», y eso sólo los hacía más inmundos. El análisis del joven, mientras lo rumiaba, lo puso de manifiesto de modo muy simple: eran aventureros porque eran unos abyectos esnobs. Aquella era la manera más adecuada de definirlos, la ley que regía sus vidas. Incluso después de haber comprendido tamaña verdad, el preceptor siguió sin ser consciente de lo mucho que su mente se había preparado para ello gracias a aquel extraordinario niño que ahora había pasado a ser una complicación en su vida. Mucho menos podía prever Pemberton entonces la sabiduría que todavía le debía a aquel extraordinario pequeño.