El Alumno
El Alumno Pemberton dudó…, sentÃa impulsos encontrados. Lo correcto hubiera sido decirle al niño que aquel asunto no era de su incumbencia y que siguiera traduciendo. Pero la relación que mantenÃan era demasiado estrecha como para hacer tal cosa; no era el modo en que estaba acostumbrado a tratarle; no habÃa habido razón para que asà fuera. Por otra parte, lo que Morgan habÃa dicho era completamente cierto… En realidad, no hubiera podido seguir ocultándoselo mucho tiempo; por tanto, ¿por qué no hacerle saber las auténticas razones para abandonarlo? Al mismo tiempo no era decente hablarle mal a un alumno de su propia familia; era mejor tergiversar las cosas que hacer eso. Asà que, en respuesta a la última exclamación de Morgan, simplemente declaró, para zanjar el asunto, que habÃa recibido varios pagos.
—¡Ya, ya! —exclamó el pequeño, riéndose.
—Ya basta —insistió Pemberton—. Dame tu traducción.
Morgan le pasó el cuaderno desde el otro lado de la mesa, y su tutor comenzó a leer la página, pero algo que le andaba rondando por la cabeza le impedÃa encontrar sentido a lo que leÃa. Al alzar la vista, al cabo de un par de minutos, se encontró con los ojos del niño clavados en él y percibió en ellos algo extraño. Entonces Morgan dijo:
—No me da miedo la cruda realidad.