El Alumno
El Alumno —¿Sin advertÃrselo a ustedes? ¿Por quién me toman?
El señor y la señora Moreen se miraron y Pemberton notó que se sentÃan aliviados, pero que al mismo tiempo latÃa una cierta alarma en su alivio.
—Mi querido amigo —comenzó el señor Moreen—, ¿qué uso podrÃa usted dar a tanto dinero, con una vida tan tranquila como la que llevamos?
Una pregunta a la que Pemberton no respondió, ocupado como estaba en comprender que lo que pasaba por la cabeza de sus patronos era algo parecido a esto: «Oh, entonces, si pensábamos que el niño, querido angelito, nos habÃa juzgado por la manera en que nos mira, y no hemos sido traicionados, entonces es que debe haber llegado por sà mismo a esa conclusión…, y a fin de cuentas… ¡es algo que se nota! Esta idea impresionó bastante a los Moreen, cosa que Pemberton deseaba. Al mismo tiempo, si habÃa supuesto que su amenaza iba a servir de algo, se decepcionó al comprobar que daban por hecho —¡qué vulgar resultaba su perspicacia!— que ya los habÃa descubierto a los ojos de su alumno. El corazón de los Moreen abrigaba esa inquietud, y eso explicaba sus suposiciones. No obstante, la amenaza del preceptor les conmovió pues, si bien habÃan logrado salir indemnes de este peligro, era únicamente para enfrentarse a uno nuevo.