El Alumno

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—Ah, no digas eso. ¡Suena como si te pusiera en su contra!

—Y así es… con sólo verle. Está bien; ya sabe lo que quiero decir. Estaré de maravilla. Me haré cargo de sus asuntos; casaré a mis hermanas.

—¡Tú sí que te vas a casar! —bromeó Pemberton, ya que pensaba que, obviamente, en el momento de la separación, lo más adecuado, o al menos lo más seguro, era simular, en son de chanza, un tono arrogante y altanero.

Sin embargo, Morgan formuló de repente una pregunta que estaba fuera de ese contexto:

—Pero, una cosa, ¿cómo va a llegar a su magnífico empleo? Tendrá que enviar un telegrama al joven rico para que le envíe dinero.

Pemberton lo pensó detenidamente.

—¿Eso no les gustará, verdad?

—Oh, ¡tenga cuidado con ellos!

Entonces Pemberton planteó una solución:

—Acudiré al cónsul de los Estados Unidos; le pediré prestado algo de dinero… sólo por unos pocos días, los que tarde en llegar, apoyándome en la solidez del telegrama.

Morgan dijo, divertido:

—Enséñele el telegrama… ¡y después guárdese el dinero y quédese aquí!


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