El Alumno
El Alumno Pemberton le siguió la broma lo suficiente como para responder que Morgan era totalmente capaz de eso; pero el muchacho, cada vez más serio, y para demostrar que hablaba en broma, no sólo le urgió a que acudiera al consulado —Pemberton le decía a su amigo en el telegrama que partiría aquella misma noche—, sino que insistió en acompañarle. Se abrieron camino chapoteando, tratando tortuosamente de sortear los charcos, y cruzaron los gibosos puentes. Atravesaron la Piazza, donde vieron al señor Moreen y a Ulick entrando en una joyería. El cónsul accedió —Pemberton dijo que no fue por el telegrama, sino por el aire distinguido de Morgan—. De vuelta, entraron en San Marcos donde pasaron diez minutos en silencio. Más adelante reanudaron la conversación y mantuvieron el tono divertido hasta el último momento. A Pemberton le pareció un elemento más dentro de aquel tono de alegría el hecho de que la señora Moreen, que se enfadó mucho cuando el joven le anunció sus intenciones le acusara, grotesca y vulgarmente, y haciendo referencia al préstamo que en vano había intentado conseguir, de huir precipitadamente por miedo a que ellos «le sacaran algo».
Por el contrario, hubo de recordar, para hacer honor a la justicia, que cuando, al llegar, el señor Moreen y Ulick conocieron la cruel noticia, la aceptaron de buen grado como unos perfectos caballeros.