El Alumno
El Alumno El joven profesor se hallaba ahora en situación de poder prestarle sesenta francos a la señora Moreen y le envió un giro postal por una cantidad mayor incluso. A cambio de dicho favor recibió unas líneas desesperadas y escritas presurosamente: «Le suplico regrese sin la mayor dilación. Morgan está muy enfermo». Los Moreen estaban en pleno shock emocional, una vez más en París. Aunque Pemberton los había visto deprimidos muchas veces, nunca los había percibido tan hundidos, y por consiguiente la comunicación se restableció con rapidez. Escribió al muchacho para conocer el estado de su salud, pero esperó su respuesta en vano.
En consecuencia, después de tres días, se despidió repentinamente del joven rico y, tras cruzar el Canal de la Mancha, se presentó en el pequeño hotel que estaba ubicado en los alrededores de los Campos Elíseos, cuya dirección le había facilitado la señora Moreen.
Pemberton sintió un profundo, aunque tácito, resentimiento hacia aquella dama y quienes la rodeaban: no podían resignarse a una honradez vulgar, pero sí vivir en hoteles, en casas decoradas con terciopelo, envueltos en el perfume que desprendían los aromáticos inciensos, en la ciudad más cara de Europa. Cuando los dejó en Venecia, lo hizo con la irrefrenable sospecha de que algo irremediable iba a suceder; pero lo único que pasó fue que se las apañaron de nuevo para marcharse de aquella ciudad.