El Alumno
El Alumno Estas palabras fueron pronunciadas por Morgan, que habÃa interrumpido su abrazo, en un tono que hizo a Pemberton volverse rápidamente hacia él para comprobar que se habÃa sentado de repente, que respiraba con evidente dificultad y que estaba muy pálido.
—¿Y ahora qué? ¿Sigue diciendo que no está enfermo mi niño preferido? —gritó su madre, cayendo de rodillas ante él, con las manos entrelazadas, pero sin atreverse a tocarlo, como si de un Ãdolo dorado se tratase—. Se le pasará…, es cosa de un instante nada más; ¡pero no diga esas cosas tan horribles!
—Estoy bien…, estoy bien —le dijo Morgan a Pemberton, jadeando y mirándole con una extraña sonrisa y las manos apoyadas a ambos lados del sofá.
—¿Aún sigue pensando que soy una farsante, que le he engañado? La señora Moreen miró a Pemberton echando chispas por los ojos y se levantó.
—¡No es él quien lo dice, soy yo! —replicó el muchacho, aparentemente más aliviado, aunque seguÃa hundido en el sillón, recostado contra su respaldo. Pemberton, entretanto, sentado a su lado, le tomó la mano y se inclinó hacia él.
—Hijo mÃo querido, hacemos lo que podemos; hay que tener en cuenta tantas cosas —alegó la señora Moreen—. Su sitio está aquÃ, nada más que aquÃ. Seguro que ahora usted también lo cree asÃ.