El Americano
El Americano Ella no hizo ninguna réplica ni devolvió ningún gesto de despedida. Se apartó, se sentó de lado en un banco y apoyó la cabeza sobre el dorso de la mano, agarrándose a la baranda que había frente a los cuadros. Newman se quedó un momento y después dio media vuelta de talón y se retiró. La había comprendido mejor de lo que confesaba; esta curiosa escena era todo un comentario práctico a la afirmación de su padre de que era una coqueta redomada.