El Americano
El Americano —Mi interés era por su padre. Mantengo mi oferta; haga lo que pueda y le compraré lo que pinte.
Durante un rato se quedó pensativa, con los ojos clavados en el suelo. Al fin, alzando la vista, preguntó:
—¿Qué tipo de marido se puede obtener por doce mil francos?
—Su padre me ha dicho que conoce a varios jóvenes muy apropiados.
—¡Tenderos y carniceros y pequeños maîtres de cafés! O me caso bien o no me caso.
—Le recomendarÃa que no fuese demasiado puntillosa —dijo Newman—. Es el único consejo que puedo darle.
—¡Estoy muy disgustada por lo que acabo de decir! —exclamó la joven—. No me ha hecho ningún bien. Pero no he podido evitarlo.
—¿Qué bien esperaba que le hiciera?
—Sencillamente, no he podido evitarlo.
Newman la miró por unos instantes.
—Bueno, puede que sus cuadros sean malos, pero aun asà es usted demasiado inteligente para mÃ. No la comprendo. ¡Adiós! —dijo, y le tendió la mano.