El Americano

El Americano

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—Entonces está usted engañando a su padre.

La joven titubeó un instante.

—¡Él lo sabe perfectamente!

—No —proclamó Newman—; estoy seguro de que cree en usted.

—Me tiene miedo. Sigo pintando aunque lo haga mal, como usted dice, porque quiero aprender. En cualquier caso, me gusta. Y me gusta estar aquí; es un lugar al que ir a diario; es mejor que sentarse en un cuartito húmedo y oscuro en una corrala, o que vender botones y ballenas de corsé detrás de un mostrador.

—Por supuesto, es mucho más entretenido —dijo Newman—. Pero para una muchacha pobre, ¿no es un entretenimiento más bien caro?

—Oh, hago muy mal, de eso no hay duda —dijo mademoiselle Noémie—. Pero antes que ganarme la vida como hacen algunas muchachas, afanándose con una aguja en un negro cuchitril, fuera del mundo, me tiraría al Sena.

—No hay ninguna necesidad —respondió Newman—; ¿le ha hablado su padre de mi oferta?

—¿Su oferta?

—Quiere que usted se case, y yo le he dicho que le daría la oportunidad de ganarse su dot.

—Me lo ha contado todo, ¡y ya ve usted el partido que le saco! ¿Por qué habría de tomarse tanto interés por mi matrimonio?


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