El Americano
El Americano Newman miró a la joven con cierta perplejidad. A pesar del ridÃculo error del que se le acusaba, estaba muy lejos de ser un papanatas, y tenÃa la viva sospecha de que la súbita franqueza de mademoiselle Noémie no era esencialmente más honrada que haberle mantenido en el error. Estaba jugando a algo; no era mera compasión por su inmadurez estética. ¿Qué esperaba ganar? Las apuestas eran altas y el riesgo grande; el premio, por tanto, tenÃa que ser proporcional. Pero, aun concediendo que el premio pudiese ser grande, Newman no pudo resistir un impulso de admiración por la intrepidez de su acompañante. Estaba tirando con una mano, al margen de lo que se propusiese hacer con la otra, una bonita suma de dinero.
—¿Está usted de broma —le preguntó— o va en serio?
—¡Oh, es en serio! —exclamó mademoiselle Noémie, pero con su extraordinaria sonrisa.
—Sé muy poco de cuadros, o de cómo se pintan. Si no puede hacer todo eso, es obvio que no puede. Haga entonces lo que pueda.
—Quedará muy mal —dijo mademoiselle Noémie.
—Ah —dijo Newman, riéndose—, si ha decidido usted que va a quedar mal, por supuesto que lo estará. Pero ¿por qué sigue pintando si lo hace mal?
—No sé hacer otra cosa; no tengo ningún talento verdadero.