El Americano
El Americano Al principio, nada más salir de París, su curiosidad no había sido intensa; parecía que el entretenimiento pasivo en los Champs Élysées y en los teatros era todo lo que le cabía esperar de sí mismo, y aunque, tal y como le dijo a Tristram, deseaba ver el misterioso y complaciente óptimo, ni por asomo sentía el Grand Tour[7] como un peso en la conciencia, y no era dado a poner en duda la diversión del momento. Consideraba que Europa estaba hecha para él y no él para Europa. Había dicho que quería cultivarse, pero habría sentido cierta turbación, incluso cierta vergüenza —aunque posiblemente falsa—, de haberse sorprendido a sí mismo estudiándose intelectualmente ante el espejo. Ni a este ni a ningún otro respecto poseía Newman un elevado sentido de la responsabilidad; su principal convicción era que la vida de un hombre tenía que ser fácil, y que él tenía que ser capaz de reducir el privilegio a algo natural. El mundo, a su modo de ver, era un gran bazar por el que uno se podía pasear y comprar objetos hermosos; pero, personalmente, era tan poco consciente de la presión de la sociedad como de que existiese algo como una compra obligatoria. No sólo sentía aversión, sino también una especie de desconfianza moral, los pensamientos incómodos, y le era a la vez molesto y ligeramente despreciable sentirse obligado a ajustarse a un patrón. El patrón de uno era alcanzar el ideal de la propia prosperidad gozosa, esa prosperidad que permitía dar tanto como recibir. Abrirse sin preocuparse por ello —sin holgazana pusilanimidad, por un lado, ni locuaz entusiasmo, por otro— hasta abarcar la esfera completa de lo que habría llamado una experiencia «placentera» era el plan de vida más inequívoco de Newman. Siempre había odiado apresurarse para coger el tren, y aun así siempre lo había cogido; del mismo modo, un afán desmedido por la «cultura» le parecía como entretenerse tontamente en la estación, un proceder propiamente limitado a mujeres, extranjeros y otras personas poco prácticas. Reconocido todo esto, una vez que ya estaba moderadamente en marcha Newman disfrutaba de su viaje con la misma intensidad que el más entusiasta de los diletantes. Las teorías de uno, al fin y al cabo, importan poco; en realidad, lo grandioso es la disposición del ánimo. Nuestro amigo era inteligente, y eso no lo podía evitar. Se paseó por Bélgica, Holanda y Renania, por Suiza y el norte de Italia, sin hacer planes pero viéndolo todo. Los guías y valets de place le consideraban un tipo excelente. Siempre estaba accesible, pues era muy aficionado a quedarse en los vestíbulos y pórticos de las posadas y se aprovechaba poco de las impresionantes oportunidades para recluirse que tan abundantemente se ofrecen en Europa a los caballeros que viajan con monederos bien dotados. Cuando le proponían una excursión, una iglesia, una galería o una ruina, lo primero que hacía Newman después de escudriñar a su postulante en silencio de la cabeza a los pies era sentarse a una mesita y pedir algo de beber. El cicerone, durante este proceso, solía retirarse a una distancia respetuosa; de no ser así, no estoy seguro de que Newman no le hubiese invitado a sentarse también a beber algo y a preguntarle si, sinceramente, esta iglesia o aquella galería merecían en verdad la pena. Al final se levantaba y estiraba sus largas piernas, le hacía una seña al hombre de los monumentos, miraba su reloj de bolsillo y clavaba la mirada sobre el adversario. «¿De qué se trata?», preguntaba. «¿A qué distancia?». Y fuese cual fuese la respuesta, aunque pareciese vacilar nunca se negaba. Se subía a un cabriolé abierto, hacía sentarse al guía a su lado para que respondiese a sus preguntas, pedía al conductor que fuese rápido (sentía una especial animadversión a la conducción lenta) y avanzaba, con toda probabilidad a través de un arrabal polvoriento, hacia la meta de su peregrinaje. Si la meta era decepcionante, si la iglesia era poca cosa o la ruina un montón de basura, Newman jamás protestaba ni regañaba a su cicerone; miraba con ojos imparciales los grandes monumentos y los pequeños, hacía que el guía recitase la lección, la escuchaba religiosamente, preguntaba si no había nada más que ver en las inmediaciones y se hacía llevar de vuelta con un rápido traqueteo. Es de temer que su percepción de las diferencias entre la buena y la mala arquitectura no fuese aguda, y que en algunas ocasiones se le haya podido ver contemplando con culpable serenidad producciones menores. Las iglesias feas formaban parte de su recreo en Europa tanto como las bellas, y su gira era toda ella un recreo. Pero a veces no hay nada como la imaginación de aquellas personas que carecen de ella, y Newman, de cuando en cuando, durante un paseo sin guía por una ciudad extranjera, ante una solitaria iglesia con un triste campanario o una torpe reproducción de alguien que había rendido algún servicio cívico en un pasado ignoto, había sentido un raro estremecimiento interior. No era excitación ni perplejidad; era una sensación plácida e insondable de estar divirtiéndose.