El Americano

El Americano

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En Holanda se encontró por casualidad con un joven americano con quien, durante un tiempo, formó una especie de asociación viajera. Eran hombres de muy distinto tenor, pero cada uno a su modo era tan buen tipo que durante unas pocas semanas al menos, resultó un placer compartir los azares del camino. El camarada de Newman, de nombre Babcock, era un joven pastor unitarista; un hombre pequeño, enjuto y acicalado con una fisonomía que llamaba la atención por lo cándida. Era oriundo de Dorchester, Massachusetts, y se hacía cargo espiritual de un pequeño conjunto de feligreses en otro arrabal de esta metrópolis de Nueva Inglaterra. Era de digestión delicada y se sustentaba principalmente de pan integral y miel, régimen al que estaba tan apegado que le pareció que su gira estaba destinada a frustrarse cuando, al desembarcar en el Continente, se encontró con que tales manjares no florecían bajo el sistema de la table d’hôte. En París se había comprado una bolsa de maíz molido en un establecimiento llamado Agencia Americana, donde también era posible conseguir la prensa ilustrada de Nueva York, y había cargado con ella a todas partes, dando muestras de una serenidad y una fortaleza extremas al hallarse en la tesitura, un tanto difícil, de hacer que le preparasen y sirviesen su maíz molido a horas anómalas en los hoteles que iba visitando. Una vez, por motivos de negocios, Newman había pasado una mañana en el lugar natal del señor Babcock, y, por razones demasiado recónditas para ser desveladas, aquella visita revestía siempre en su imaginación un tono jocoso. Por hacer un chiste, que, qué duda cabe, resulta insulso si no se explica, a menudo solía dirigirse a su compañero como «Dorchester». Entre compañeros de viaje en seguida surge la intimidad, pero es muy improbable que aquellos caracteres tan sumamente dispares hubiesen descubierto en casa ningún punto cómodo de encuentro. De hecho, eran todo lo diferentes que cabe ser. Newman, que jamás reflexionaba sobre esas cuestiones, aceptaba la situación con gran ecuanimidad, pero, en cambio. Babcock la solía ponderar en privado; en efecto, por la noche solía retirarse temprano a su alcoba con el expreso propósito de analizarla a conciencia y con imparcialidad. No estaba seguro de que para él fuese bueno asociarse con nuestro héroe, cuyo modo de tomarse la vida tanto distaba del suyo. Newman era un tipo excelente y generoso; a veces el señor Babcock se decía a sí mismo que era un tipo noble, y, sin duda, era imposible no apreciarle. Pero ¿no sería deseable intentar ejercer alguna influencia sobre él, estimular su vida moral, agudizar su sentido del deber? Todo le gustaba, todo lo aceptaba, en todo hallaba solaz; no hacía discriminaciones, no era el suyo un espíritu distinguido. El joven de Dorchester acusaba a Newman de un defecto que consideraba muy grave y que él hacía todo lo posible por evitar: lo que habría llamado una carencia de «reacción moral». El pobre señor Babcock era muy aficionado a la pintura y a las iglesias, y llevaba las obras de la señora Jameson[8] en su baúl; se recreaba en el análisis estético, y de todo lo que veía sacaba curiosas impresiones. Pero, a pesar de todo, en lo más profundo de su corazón detestaba Europa, y sentía la irritante necesidad de protestar contra la crasa hospitalidad intelectual de Newman. Me temo que la malaise moral del señor Babcock estaba localizada en un lugar más profundo que el que pueda alcanzar una definición mía. Desconfiaba del temperamento europeo, sufría con el clima europeo, odiaba la hora de cenar europea; la vida europea le parecía sin escrúpulos e impura. Y, con todo, el señor Babcock poseía un exquisito sentido de la belleza; y como la belleza a menudo se asociaba de manera inextricable con las desagradables condiciones mencionadas, y como ante todo deseaba ser justo y desapasionado y, además, profesaba una devoción extrema a la «cultura», no podía llegar a la conclusión de que Europa era completamente mala. Pero pensaba que era muy mala, y su desavenencia con Newman consistía en que este desordenado epicúreo tenía una percepción lamentablemente insuficiente de lo malo. En realidad, el propio Babcock tenía tan poco conocimiento de lo malo, en cualquier parte del mundo, como un bebé de pecho; su comprensión más vívida del mal había sido el descubrimiento de que un condiscípulo de universidad que estudiaba arquitectura en París sostenía una relación amorosa con una joven que no contaba con que él fuese a desposarla. Babcock le había contado este incidente a Newman y nuestro héroe le había dedicado un epíteto poco halagüeño a la joven. Al día siguiente, su compañero le preguntó si estaba completamente seguro de haber empleado la palabra exacta para caracterizar a la amante del joven arquitecto. Newman se le quedó mirando y se rio.


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