El Americano

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Y había escrito a Percival (que le respondió de una manera realmente procaz), y había reflexionado que, en cierto sentido, por parte de Newman era injusto y temerario asumir con ese aire de indiferencia que la joven de París pudiese ser «estupenda». Con frecuencia, el laconismo de los juicios de Newman le escandalizaba y le dejaba turbado. Su manera de censurar a la gente sin posterior apelación posible, o de afirmar de alguien que era la mejor de las compañías a pesar de darse síntomas desagradables, parecía indigna de un hombre cuya conciencia se hubiese cultivado adecuadamente. Y aun así el pobre Babcock le tenía afecto y recordaba que, aunque a veces fuera desconcertante y doloroso, no era éste un motivo para renunciar a él. Goethe recomendaba la observación de la naturaleza humana en sus formas más variadas, y el señor Babcock consideraba que Goethe era absolutamente espléndido. A menudo intentaba, en conversaciones de más o menos media hora, infundirle a Newman algo de su propio almidón espiritual, pero la textura personal de Newman era demasiado suelta para dejarse entumecer. Tan incapaz era su entendimiento de retener principios como un cedazo de retener el agua. Sentía una gran admiración por los principios, y consideraba a Babcock un tipejo sensacional por tener tantos. Aceptaba todos los que su excitable compañero le ofrecía y los almacenaba en lo que se le antojaba un lugar muy seguro; pero después el pobre Babcock nunca reconocía sus regalos entre los artículos de uso diario de Newman.


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