El Americano
El Americano Viajaron juntos por Alemania y entraron en Suiza, donde durante tres o cuatro semanas estuvieron caminando fatigosamente por desfiladeros y holgando en lagos azules. Al fin cruzaron el Simplon y se dirigieron a Venecia. El señor Babcock se habÃa puesto taciturno e incluso algo irritable; parecÃa mohÃno, ausente, preocupado; embrollaba sus planes, y tan pronto hablaba de hacer una cosa como al siguiente momento de hacer otra. Newman hacÃa su vida habitual, conocÃa a gente nueva, estaba a sus anchas en las galerÃas y en las iglesias, invertÃa un tiempo desorbitado en pasearse por la Piazza de San Marcos, compraba muchÃsimos cuadros malos y durante dos semanas disfrutó de Venecia a lo grande. Una noche, de regreso a su posada, vio a Babcock esperándole en el pequeño jardÃn contiguo. El joven salió a su encuentro con un aspecto muy lúgubre, le tendió la mano y dijo con tono solemne que se temÃa que debÃan separarse. Newman manifestó su sorpresa y su pesar, y quiso saber por qué se habÃa hecho necesario separarse.
—No tenga miedo de que me haya hartado de usted —dijo Newman.
—¿No está harto de m� —preguntó Babcock, mirándole fijamente con sus claros ojos grises.
—¿Por qué diantre iba a estarlo? Es usted un tipo muy animoso. Además, yo no me harto de las cosas.
—No nos entendemos —dijo el joven pastor.