El Americano
El Americano —¿Que yo no le entiendo? —exclamó Newman—. Vaya, tenÃa la esperanza de que sÃ. Pero si no es asÃ, ¿qué más da, qué tiene eso de malo?
—Yo no le entiendo a usted —dijo Babcock. Y se sentó y apoyó la cabeza en la mano, alzando la vista hacia su inconmensurable amigo.
—¡Santo cielo, a mà no me importa! —exclamó Newman entre risas.
—Pero para mà es muy angustioso. Me produce un estado de inquietud. Me irrita; no puedo decidir nada. No creo que sea bueno para mÃ.
—Se preocupa usted demasiado; eso es lo que le pasa —dijo Newman.
—Por supuesto, asà lo ve usted. Piensa que me tomo las cosas demasiado en serio, y yo pienso que usted se las toma demasiado a la ligera. Nunca podremos estar de acuerdo.
—Pero hasta ahora hemos estado completamente de acuerdo.
—No, yo no he estado de acuerdo —dijo Babcock meneando la cabeza—. Estoy muy incómodo. TendrÃa que haberme separado de usted hace un mes.
—¡Horror de horrores! ¡Me avendré a lo que sea! —exclamó Newman.
El señor Babcock ocultó la cabeza entre ambas manos. Al fin, alzando la vista, dijo: