El Americano

El Americano

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—No creo que aprecie usted mi situación. Y además va usted demasiado aprisa. Para mí, es usted demasiado apasionado, demasiado extravagante. Siento como si tuviese que recorrerme de nuevo, yo solo, todas estas tierras que hemos atravesado juntos. Me temo que he cometido muchos errores.

—Ah, no tiene usted por qué dar tantas explicaciones —dijo Newman—. Sencillamente, está harto de mi compañía. Está usted en todo su derecho.

—¡No, no, no estoy harto! —exclamó, molesto, el joven sacerdote—. Hartarse está muy mal.

—¡Me doy por vencido! —se rio Newman—. Pero es evidente que de nada servirá seguir cometiendo errores. Siga su camino, a toda costa. Aunque le echaré de menos, ya ha visto que hago amistades con mucha facilidad. Usted se sentirá solo, pero escríbame unas líneas cuando le apetezca y le esperaré donde usted me diga.

—Creo que regresaré a Milán. Me temo que no le hice justicia a Luini.

—¡Pobre Luini! —dijo Newman.

—Quiero decir que me temo que le sobreestimé. No creo que sea un pintor de primera fila.

—¿Luini? —exclamó Newman—; ¡vaya, pero si es encantador! Hay algo en su genio que es como una mujer hermosa. Produce la misma sensación.


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