El Americano
El Americano El señor Babcock frunció el ceño y dio un respingo. Hay que añadir que, para Newman, éste había sido un arrebato desacostumbradamente metafísico; pero es que en su paso por Milán le había cobrado una gran simpatía al pintor.
—¡Ya está usted con las mismas de siempre! —dijo el señor Babcock—. Sí, será mejor que nos separemos.
Y a la mañana siguiente volvió sobre sus pasos y se dirigió a atenuar sus impresiones sobre el gran artista de la Lombardía.
Unos cuantos días después, Newman recibió una nota de su antiguo compañero que decía lo siguiente:
Mi querido señor Newman: