El Americano
El Americano —Me hace usted un gran honor —respondió la joven—, ya que estoy segura de que monsieur tiene muy buen gusto.
—Pero ha de darme usted su tarjeta —dijo Newman—; su tarjeta, ya sabe.
La joven se puso seria por un instante, y después dijo:
—Mi padre le visitará.
Pero a Newman esta vez le fallaron los poderes adivinatorios.
—Su tarjeta, su dirección —se limitó a repetir.
—¿Mi dirección? —dijo mademoiselle. Y a continuación, encogiéndose de hombros—: ¡Felizmente para usted, es usted americano! Es la primera vez que le doy mi tarjeta a un caballero —y sacando de su bolsillo un monedero bastante pringoso, extrajo una pequeña tarjeta de visita glaseada y se la ofreció a su mecenas. TenÃa una pulcra inscripción a lápiz, con muchas florituras: «Mlle. Noémie Nioche». Pero el señor Newman, a diferencia de su compañera, leyó el nombre con absoluta solemnidad; todos los nombres franceses se le antojaban igualmente estrafalarios.