El Americano

El Americano

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Un día, la señora Tristram le dijo que su hermosa amiga madame de Cintré había regresado del campo; que se habían encontrado tres días antes al salir de la iglesia de Saint Sulpice. La señora Tristram se había desplazado hasta aquel lejano barrio en busca de una encajera poco conocida, de cuya destreza había oído grandes alabanzas.

—Y ¿cómo estaban esos ojos? —preguntó Newman.

—¡Esos ojos estaban enrojecidos de tanto llorar, ya que me lo pregunta! —dijo la señora Tristram—. Se acababa de confesar.

—No cuadra con la descripción que hizo usted de ella —dijo Newman— el que tenga pecados que confesar.

—No eran pecados; eran penas.

—¿Cómo lo sabe?

—Me pidió que fuese a verla; he ido esta mañana.

—¿Y de qué sufre?

—No se lo pregunté. Con ella, por alguna razón, una es muy discreta. Pero no me fue difícil adivinarlo. Sufre a causa de su vieja y malvada madre y de ese Gran Turco que es su hermano. La persiguen. Pero casi puedo perdonarlos, porque, como le dije, ella es una santa, y lo único que necesita para sacar a la luz su santidad y ser perfecta es una persecución.


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