El Americano

El Americano

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Newman confesó que no sabía nada de mesas ni de sillas, y que en lo relativo al alojamiento aceptaría con los ojos cerrados cualquier cosa que le ofreciese Tristram. Esto respondía en buena medida a una auténtica sinceridad por parte de nuestro héroe, pero también a la caridad. Sabía que fisgonear y ver habitaciones, hacerle abrir ventanas a la gente, dar un golpecito a los sofás con la punta de su bastón, cotillear con las caseras y preguntar quién vivía arriba y quién abajo era, en suma, de todos los pasatiempos el más caro al corazón de Tristram, y se sintió aún más dispuesto a ponérselo en bandeja por cuanto era consciente de que, en relación con su servicial amigo, había experimentado cierta disminución del cariño de la antigua camaradería. Además, carecía de gusto para la tapicería; ni siquiera era demasiado dueño de un exquisito sentido del confort o de la utilidad. Gozaba del lujo y el esplendor, pero se satisfacía con artículos bastante vulgares. Apenas distinguía una butaca de una poltrona, y su don para estirar las piernas prescindía de facilidades adventicias. Su idea del confort consistía en habitar aposentos muy amplios, tener muchos y ser consciente de que había en ellos abundantes dispositivos mecánicos patentados, sin que se le fuera a presentar jamás la oportunidad de utilizar la mitad de ellos. Los apartamentos tenían que ser luminosos, brillantes, majestuosos; en cierta ocasión había dicho que le gustaban las habitaciones en las que daban ganas de dejarse puesto el sombrero. Por lo demás, se quedaba satisfecho con la garantía de cualquier persona respetable que le dijese que todo era «magnífico». En consecuencia, Tristram le consiguió un apartamento al que cabía aplicarle profusamente este epíteto. Estaba en el Boulevard Haussmann, en un primer piso, y consistía en una serie de habitaciones recubiertas del suelo al techo con estuco dorado de un pie de espesor, tapizadas con raso de varios tonos suaves y cuyo principal mobiliario eran espejos y relojes. A Newman le parecieron espléndidas, se lo agradeció de corazón a Tristram y tomó posesión al instante, y durante tres meses tuvo sin retirar de la sala de estar uno de sus baúles.


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