El Americano
El Americano —Ah, al menos su manera de acordarse de lo que digo es muy halagadora. Pero en el futuro —añadió la señora Tristram— hágame el favor de olvidarse de todo lo malo y recuerde sólo lo bueno. Le será fácil, y no le fatigará la memoria. Le aviso de que si confÃa en mi marido para que escoja sus habitaciones, le espera algo horrendo.
—¿Horrendo, querida? —exclamó Tristram.
—Hoy no debo decir nada malvado; si no, usarÃa un lenguaje más ofensivo.
—¿Qué cree usted que dirÃa si se pusiera a ello en serio, Newman? —preguntó Tristram—. Sabe expresar su descontento con soltura en dos o tres idiomas; en eso consiste ser intelectual. Me saca una absoluta ventaja, porque yo no sé blasfemar, aunque me maten, más que en inglés. Cuando me enfado tengo que acudir a nuestra vieja y querida lengua materna. Al fin y al cabo, no hay nada que se le compare.