El Americano
El Americano Newman renunció a Damasco y a Bagdad y regresó a París cuando el otoño aún no había llegado a su fin. Se instaló en unas habitaciones que Tom Tristram había escogido para él, según el juicio que este último se había formado de lo que llamaba su posición social. Cuando Newman se enteró de que su posición social era algo a tener en cuenta, se confesó absolutamente incompetente y le rogó a Tom Tristram que le relevase de la preocupación.
—No sabía que tuviese una posición social —dijo—, y si es así no tengo ni la menor idea de lo que es. ¿No consiste en conocer a dos o tres mil personas e invitarlas a cenar? Yo le conozco a usted, a su esposa y al viejo señor Nioche, que me dio clases de francés la primavera pasada. ¿Puedo invitarlos a cenar para que se conozcan? Si es así, habrán de venir mañana.
—No me está usted muy agradecido que digamos —dijo la señora Tristram—; el año pasado le presenté a todas las criaturas vivientes que conozco.
—En efecto, lo hizo; se me había olvidado. Pero pensaba que quería que lo olvidase —dijo Newman con aquel tono de simple ponderación que a menudo caracterizaba sus expresiones, y que un observador no habría sabido si calificar de cierta afectación de ignorancia misteriosamente socarrona o de una modesta aspiración al conocimiento—; me dijo usted que todos ellos le desagradaban.
