El Americano
El Americano Supongo que usted sabÃa que soy un lamentable escritor de cartas y no esperaba nada de mÃ. No creo que haya escrito ni veinte cartas de pura amistad en toda mi vida; en América mantenÃa mi correspondencia exclusivamente por telegrama. Ésta es una carta de amistad pura; se ha hecho usted con una curiosidad, y confÃo en que sabrá apreciar su valor. Quiere saber todo lo que me ha ocurrido en estos tres meses. La mejor manera de contárselo serÃa, creo, enviarle mi media docena de guÃas, con mis comentarios a lápiz en los márgenes. Cada vez que se tope con una raya, una cruz, un «¡Precioso!», un «¡Asà es!» o un «¡Se queda corto!», podrá usted saber que he tenido una sensación de algún tipo. Ésa viene a ser mi historia desde que la dejé. Bélgica, Holanda, Suiza, Alemania, Italia… he pasado por toda la lista, y no creo que me haya hecho ningún mal. No pensaba que un hombre pudiese saber tanto como sé yo de madonnas y campanarios de iglesia. He visto cosas muy bonitas, y quizá este invierno hablé de ellas junto al fuego de su hogar. No crea que me opongo por completo a ParÃs. He tenido todo tipo de planes e inspiraciones, pero su carta ha dado al traste con la mayorÃa. L’appétit vient en mangeant, dice el proverbio francés, y me doy cuenta de que, cuanto más veo del mundo, más quiero ver. Ahora que me he enganchado al carro, ¿por qué no habrÃa de trotar hasta el final de la pista? A veces pienso en el Extremo Oriente, y no paro de recitar los nombres de las ciudades orientales: Damasco y Bagdad, Medina y La Meca. El mes pasado estuve una semana en compañÃa de un misionero que habÃa regresado de esos lugares, y me dijo que tendrÃa que darme vergüenza estar haraganeando por Europa con las cosas tan magnÃficas que pueden verse allá. Es cierto que quiero dedicarme a explorar, pero creo que preferirÃa hacerlo allÃ, en la Rue de l’Université. ¿Tiene usted noticias de aquella linda dama? Si consigue que prometa estar en casa la próxima vez que le haga una visita, regresaré a ParÃs inmediatamente. Tengo, más que nunca, esa disposición de la que le hablé aquella tarde; quiero una esposa de primera. He vigilado a todas las muchachas bonitas con las que me he cruzado este verano, pero ninguna estaba a la altura de mi ideal, ni siquiera cerca. HabrÃa disfrutado de todo esto mil veces más de haber estado conmigo la dama que le acabo de mencionar. Lo más parecido a ella fue un pastor unitarista de Boston, que en seguida exigió que nos separásemos por incompatibilidad de caracteres. Me dijo que yo tenÃa inclinaciones vulgares, que era un inmoral y un fanático del «arte por el arte»… sea lo que sea eso; todo lo cual me afligió mucho, pues se trataba de un tipo realmente entrañable. Pero poco después conocà a un inglés con quien entablé una relación que en un principio parecÃa muy prometedora: un hombre muy brillante que escribe en la prensa londinense y conoce ParÃs casi tan bien como Tristram. Anduvimos juntos de un lado a otro durante una semana, pero pronto renunció a mà con hastÃo. Yo era, con mucho, demasiado virtuoso; era un moralista demasiado rÃgido. Me dijo, en tono amistoso, que mi maldición era tener conciencia; que juzgaba las cosas como un metodista y hablaba de ellas como una anciana. Me quedé muy desconcertado. ¿A cuál de mis dos crÃticos habÃa de creer? No me preocupé, y muy pronto decidà que ambos eran idiotas. Pero hay una cosa sobre la que nadie tendrá nunca la impudicia de alegar que estoy equivocado; a saber, que soy su fiel amigo,