El Americano

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—Y madame de Cintré se opone —continuó Newman.

—Ya fue vendida una vez; como es natural, se opone a que la vendan de nuevo. Parece ser que la primera vez hicieron un mal negocio; monsieur de Cintré dejó una propiedad mezquina.

—Y ¿con quién quieren casarla ahora?

—Me pareció mejor no preguntar, pero puede estar seguro de que con algún horroroso y viejo nabab o con algún duquecillo disoluto.

—¡Ahí tiene usted a la señora Tristram en todo su esplendor! —exclamó su marido—. Observe la riqueza de su imaginación. No ha hecho ni una sola pregunta (es vulgar preguntar) y aun así lo sabe todo. Se sabe al dedillo la historia del matrimonio de madame de Cintré. Ha visto a la adorable Claire de rodillas, con los cabellos sueltos y los ojos anegados, y a los otros en guardia con estacas, aguijadas y hierros candentes, listos para abatirse sobre ella si rechaza al borrachín del duque. La triste verdad es que le han montado un número por la factura de su sombrerera o se han negado a darle un palco en la ópera.

Newman desplazó la mirada desde Tristram a su esposa, con cierta desconfianza en ambas direcciones.

—¿En serio quiere decir —le preguntó a la señora Tristram— que a su amiga la están forzando a contraer un matrimonio desdichado?


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