El Americano

El Americano

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Al cabo de varios días, una sombría tarde de otoño, volvió a la Rue de l’Université. Había caído la noche temprana cuando pidió que le diesen acceso al tan guarnecido Hôtel de Bellegarde. Le dijeron que madame de Cintré se hallaba en casa; cruzó el patio, entró por la puerta del fondo y fue dirigido a través de un vestíbulo amplio, oscuro y frío a una ancha escalera de piedra con una vetusta balaustrada de hierro, hasta que llegó a un apartamento del segundo piso. Una vez anunciado y cuando le hubieron hecho pasar, se encontró en una especie de gabinete artesonado, en uno de cuyos extremos había una dama y un caballero sentados frente al fuego. El caballero estaba fumando un cigarro; no había luz en la habitación, salvo la de un par de velas y el destello del hogar. Ambas personas se pusieron en pie para dar la bienvenida a Newman, que, a la luz del fuego, reconoció a madame de Cintré. Ella le tendió la mano con una sonrisa que parecía por sí sola una luz, y, señalando a su compañero, dijo suavemente: «Mi hermano». El caballero le dedicó a Newman un saludo franco y amistoso, y nuestro héroe se dio cuenta de que era el joven que le había hablado en el patio de la mansión en su anterior visita y que le había parecido un buen tipo.

—La señora Tristram me ha hablado mucho de usted —dijo con dulzura madame de Cintré mientras volvía a ocupar su sitio.


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