El Americano
El Americano Sin embargo, posteriormente oyó hablar de ello más de una vez. La señora Tristram volvió a ver a madame de Cintré, y de nuevo la encontró con un aspecto muy triste. Pero en estas ocasiones no había habido lágrimas; sus bellos ojos estaban claros y serenos. «Está desalentada, tranquila y desesperanzada», declaró, añadiendo que cuando le había mencionado que su amigo el señor Newman había vuelto a París y seguía fiel a su deseo de conocer a madame de Cintré, la adorable mujer había sabido encontrar una sonrisa entre su desesperación y había manifestado que sentía haberse perdido su visita en primavera y que esperaba que Newman no hubiera perdido arrojo.
—Le conté algo de usted —dijo la señora Tristram.
—Es un consuelo —dijo plácidamente Newman—. Me gusta que la gente sepa cosas de mí.