El Americano
El Americano —Hay mucho de eso en Nueva York —dijo Tristram—. A las jóvenes se las intimida, se las convence o se las soborna (o las tres cosas juntas) para que se casen con tipejos desagradables. Eso ocurre sin tregua en la Quinta Avenida, además de otras cosas dañinas. ¡Los misterios de la Quinta Avenida! Alguien deberÃa sacarlos a la luz.
—¡No me lo creo! —dijo Newman, muy serio—. No me creo que en América se someta jamás a las jóvenes a coacciones. No creo que haya habido ni una docena de casos desde los orÃgenes del paÃs.
—¡Escuchen la voz del águila aliabierta![9] —exclamó Tristram.
—El águila aliabierta deberÃa usar las alas —dijo la señora Tristram—. ¡Vuele al rescate de madame de Cintré!
—¿Al rescate?
—Abaláncese, engánchela con sus garras y llévesela. Sea usted quien se case con ella.
Por unos instantes, Newman no respondió; pero al rato dijo:
—Supongo que estará ya harta de oÃr hablar de matrimonio. La manera más afectuosa de tratarla serÃa admirarla y a la vez no mencionarlo siquiera. Ese tipo de cosas es infame —añadió—; me pone furioso oÃr hablar de ello.