El Americano
El Americano Lanzó una mirada a madame de Cintré; estaba sentada, mirando al suelo. Alzó los ojos, se encontraron con los de Newman y miró a su hermano. Newman se volvió de nuevo hacia el joven y observó que guardaba un sorprendente parecido con su hermana. Esto obraba en su favor, añadido a que la primera impresión que tuvo nuestro héroe del conde Valentin había sido agradable. Su desconfianza se disipó, y dijo que se alegraría mucho de ver la casa.
El joven soltó una abierta risotada y apoyó la mano sobre uno de los candelabros.
—¡Bien, bien, bien! —exclamó—. Vamos, pues.
Pero madame de Cintré se levantó rápidamente y le agarró por el brazo.
—¡Ay, Valentin! —dijo—. ¿Qué pretendes hacer?
—Enseñarle la casa al señor Newman. Será muy divertido.
Ella retuvo la mano sobre su brazo y se dirigió a Newman con una sonrisa.
—No le permita que le lleve —dijo—; no le va a resultar divertido. Es una casa vieja y rancia como cualquier otra.
—Está llena de cosas curiosas —dijo el conde, resistiéndose—. Además, quiero hacerlo; es una ocasión única.