El Americano
El Americano —Eres malo, hermano mÃo —respondió madame de Cintré.
—¡El que nada arriesga, nada gana! —exclamó el joven—. ¿Viene usted?
Madame de Cintré dio un paso hacia Newman, entrelazando pausadamente las manos y sonriendo con suavidad.
—¿No preferirÃa usted mi compañÃa, aquÃ, junto al fuego, a ir trompicando por esos oscuros pasillos detrás de mi hermano?
—¡Cien veces! —dijo Newman—. Ya veremos la casa otro dÃa.
El joven bajó el candelabro con una solemnidad burlona y dijo, sacudiendo la cabeza:
—¡Ah, ha desbaratado usted un gran plan, caballero!
—¿Un plan? No entiendo —dijo Newman.
—Entonces, tanto mejor habrÃa desempeñado usted su papel. Quizá otro dÃa tenga ocasión de explicárselo.
—Calla, y avisa para que traigan el té —dijo madame de Cintré.