El Americano
El Americano El joven obedeció, y al poco rato un criado trajo el té, colocó la bandeja en una mesita y se marchó. Desde su sitio, madame de Cintré se ocupaba de prepararlo. Acababa de empezar cuando la puerta se abrió de par en par y una dama entró precipitadamente con un sonoro frufrú. Miró fijamente a Newman, hizo un pequeño ademán a modo de saludo y dijo: «¡Monsieur!», y acto seguido se dirigió a madame de Cintré y le ofreció la frente para que la besara. Madame de Cintré la saludó y siguió preparando el té. La recién llegada era joven y bonita, pensó Newman; llevaba sombrero y capa, y una cola de dimensiones regias. Se puso a hablar en francés a toda velocidad.
—¡Ah, dame un poco de té, bonita mía, por amor de Dios! Estoy exhausta, destrozada, masacrada.
Newman se vio incapaz de seguir sus palabras; hablaba con mucha menos claridad que monsieur Nioche.
—Ésta es mi cuñada —dijo el conde Valentin, inclinándose hacia él.
—Es muy bonita —dijo Newman.
—Exquisita —respondió el joven, y esta vez, de nuevo, Newman sospechó cierta ironía.