El Americano
El Americano Su cuñada dio la vuelta hasta el otro lado del fuego con la taza de té en la mano, sosteniéndola con el brazo extendido para no derramarlo sobre su vestido y soltando grititos de alarma. Colocó la taza en la repisa y empezó a quitarse los alfileres del velo y los guantes, sin dejar de mirar a Newman.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti, mi querida dama? —preguntó el conde Valentin con una especie de tono burlescamente zalamero.
—Preséntame a monsieur —dijo su cuñada.
El joven respondió:
—¡El señor Newman!
—No puedo hacerle una reverencia, monsieur, porque derramarÃa el té —dijo la dama—. ¿Asà que Claire recibe a extraños asÃ, como si nada? —añadió en voz baja, en francés, a su cuñado.
—¡Eso parece! —respondió éste con una sonrisa.