El Americano

El Americano

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Monsieur Nioche llevaba un lustroso peluquín, de color poco natural, que caía sobre su pequeño rostro sumiso, pálido y anodino, apenas dotándole de más expresión que la de las hormas sin facciones sobre las que se exponen estos artículos en el escaparate del barbero. Ofrecía una exquisita imagen de raído refinamiento. Su pequeño abrigo, de mala factura y cepillado con ahínco, los guantes zurcidos, las botas bruñidas, el simétrico sombrero descolorido, contaban la historia de una persona que había «tenido pérdidas» y que se aferraba al espíritu de los hábitos meticulosos, a pesar de que su sentido literal se había borrado irremediablemente. Entre otras cosas, monsieur Nioche había perdido denuedo. La adversidad no sólo le había llevado a la ruina sino que además le había atemorizado, y a todas luces recorría lo que le quedaba de vida de puntillas, por miedo a despertar a los hados hostiles. Si este extraño caballero le estaba diciendo algo impropio a su hija, monsieur Nioche le rogaría con voz ronca que, como un favor especial, desistiera de hacerlo; pero al mismo tiempo admitiría que era muy presuntuoso por pedir favores especiales.

Monsieur ha comprado mi cuadro —dijo mademoiselle Noémie—. Cuando esté terminado, habrás de llevárselo en un cabriolé.


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